Llega el frío, sacas la primera manta del armario y, casi sin darte cuenta, tu gato empieza a cambiar sus lugares favoritos para dormir.
Antes se estiraba en el suelo. Ahora lo encuentras hecho una bolita en el sofá, buscando el sol o acurrucándose a tu lado más de lo habitual.
Y entonces te preguntas: ¿mi gato tiene frío o simplemente está más mimoso?
Los gatos también pasan frío, aunque tengan pelo. Y puedes sospechar que el tuyo necesita un poco más de calor si busca constantemente lugares cálidos, se encoge para dormir o evita las superficies frías.
Eso sí, buscar calor no significa necesariamente que esté pasando frío. A muchos gatos les encanta dormir calentitos incluso cuando la temperatura de casa es perfectamente agradable.
La clave está en conocer sus hábitos y detectar cuándo algo cambia.
Si llevas tiempo conviviendo con tu gato, seguramente sabes dónde duerme cuando hace calor, qué rincón prefiere por las mañanas y en qué momento aparece para acurrucarse contigo.
Esos pequeños detalles te ayudan más de lo que parece.
Porque tu gato no puede decirte que tiene frío, pero sí puede mostrar ciertos comportamientos que merece la pena observar.
No todas estas señales significan que tu gato esté incómodo. Pero, si aparecen varias a la vez y coinciden con una bajada de temperatura, conviene prestar atención.
Es una postura habitual en los gatos. Al encoger el cuerpo y esconder las patas, reducen la superficie expuesta al ambiente y conservan mejor el calor.
Si antes dormía completamente estirado y ahora siempre está muy encogido, puede estar buscando una forma de mantenerse más calentito.
Hay gatos que parecen tener un detector de calor incorporado.
En cuanto enciendes la calefacción, aparecen junto al radiador. Y si entra un rayo de sol por la ventana, allí están.
Es normal que les gusten esos lugares. Lo importante es comprobar que no necesiten acercarse a superficies demasiado calientes para estar cómodos.
Ese gato que nunca quería que lo taparas puede empezar a esconderse bajo el edredón.
No necesariamente significa que esté pasando frío. También puede disfrutar de la oscuridad, la tranquilidad y la sensación de refugio.
Pero es una pista más si coincide con otros cambios.
El suelo puede resultar bastante más frío que el sofá o una cama acolchada, especialmente en viviendas con baldosas.
Por eso algunos gatos cambian sus rincones habituales cuando llega el invierno.
Se acurruca sobre tus piernas, duerme pegado a tu espalda o decide que tu barriga es el mejor colchón del mundo.
Puede ser una forma de compartir calor corporal, aunque también es una muestra de confianza y afecto.
No hace falta elegir entre las dos explicaciones. Probablemente le gusten ambas cosas.
Las extremidades pueden sentirse frescas cuando baja la temperatura ambiental.
Pero cuidado: tener las orejas frías no demuestra que tu gato esté sufriendo frío ni permite saber su temperatura corporal.
Observa cómo se encuentra en general. Si está activo, come y se comporta normalmente, unas orejas frescas por sí solas no son motivo de alarma.
Aquí sí conviene prestar más atención.
Los temblores pueden aparecer por frío, pero también por dolor, miedo o problemas de salud.
Si tu gato tiembla de forma persistente, está débil o parece desorientado, no lo atribuyas simplemente al invierno. Necesita valoración veterinaria.
Esta es una de las dudas más habituales. Y también una de las que más respuestas demasiado tajantes genera en internet.
No existe una temperatura ambiental exacta a partir de la cual todos los gatos empiecen a pasar frío.
Un gato adulto, sano y con buen pelaje puede tolerar temperaturas que resultarían incómodas para un gatito recién nacido, un gato enfermo o uno sin pelo.
También influye si está acostumbrado a vivir dentro de casa, si dispone de un lugar cálido para descansar y cuánto tiempo permanece expuesto al frío.
Por eso no tiene sentido afirmar que todos los gatos necesitan vivir permanentemente a 30 °C.
En una vivienda con una temperatura confortable para las personas, un gato adulto sano suele poder estar cómodo si dispone de mantas, lugares resguardados y libertad para elegir dónde descansar.
Lo importante no es perseguir una cifra exacta, sino evitar el frío intenso y prolongado, especialmente en los gatos más vulnerables.
La buena noticia es que no necesitas hacer grandes cambios en casa.
De hecho, muchas veces basta con observar dónde le gusta descansar y adaptar ese rincón para que esté más cómodo.
Y no, tampoco necesitas comprarle un jersey.
Seguro que alguna vez le has comprado una cama preciosa y ha decidido dormir en la caja donde venía.
Con el frío pasa algo parecido.
Podemos prepararles el rincón más bonito del mundo, pero ellos seguirán eligiendo dónde se sienten seguros.
Por eso, en lugar de cambiar todos sus hábitos, empieza por mejorar los lugares que ya utiliza.
Algunas ideas sencillas:
Coloca una manta suave en su sofá, sillón o cama habitual.
Separa su zona de descanso del suelo frío, utilizando una cama acolchada o una superficie elevada y estable.
Ofrécele un refugio tipo cueva si le gusta dormir escondido.
Aprovecha los rincones soleados, siempre que sean seguros y pueda marcharse cuando quiera.
Deja disponible otro lugar menos cálido para que pueda regular su comodidad cambiando de sitio.
Y algo que parece una tontería, pero no lo es: no lo tapes a la fuerza.
Hay gatos que se meten solos bajo el edredón y otros que no soportan tener una manta encima.
Tu gato debe poder entrar y salir libremente de su refugio.
Con las mantas eléctricas y camas calefactadas también hay que tener precaución. Si utilizas alguna, debe estar diseñada para mascotas, contar con protección frente al sobrecalentamiento y permitir que el gato se aleje del calor.
Una manta normal y una cama bien situada suelen ser suficientes para muchos gatos que viven dentro de casa.
Seguro que alguna vez le has comprado una cama preciosa y ha decidido dormir en la caja donde venía.
Con el frío pasa algo parecido.
Podemos prepararles el rincón más bonito del mundo, pero ellos seguirán eligiendo dónde se sienten seguros.
Por eso, en lugar de cambiar todos sus hábitos, empieza por mejorar los lugares que ya utiliza.
Algunas ideas sencillas:
Coloca una manta suave en su sofá, sillón o cama habitual.
Separa su zona de descanso del suelo frío, utilizando una cama acolchada o una superficie elevada y estable.
Ofrécele un refugio tipo cueva si le gusta dormir escondido.
Aprovecha los rincones soleados, siempre que sean seguros y pueda marcharse cuando quiera.
Deja disponible otro lugar menos cálido para que pueda regular su comodidad cambiando de sitio.
Y algo que parece una tontería, pero no lo es: no lo tapes a la fuerza.
Hay gatos que se meten solos bajo el edredón y otros que no soportan tener una manta encima.
Tu gato debe poder entrar y salir libremente de su refugio.
Con las mantas eléctricas y camas calefactadas también hay que tener precaución. Si utilizas alguna, debe estar diseñada para mascotas, contar con protección frente al sobrecalentamiento y permitir que el gato se aleje del calor.
Una manta normal y una cama bien situada suelen ser suficientes para muchos gatos que viven dentro de casa.
En cuanto encendemos la calefacción, algunos gatos desarrollan una relación bastante intensa con el radiador.
El problema no es que busquen calor. Es que pueden acercarse demasiado a una superficie caliente.
Evita que descansen directamente sobre aparatos capaces de provocar quemaduras y mantén los calefactores portátiles fuera de su alcance.
También conviene revisar dónde colocas su cama.
Si está junto a una puerta por la que entra aire frío constantemente, quizá no sea el mejor lugar durante el invierno.
Y aquí aparece una situación muy habitual en Barcelona.
Por la mañana hace frío, cierras las ventanas y pones la calefacción. Pero a mediodía sale el sol y aprovechas para ventilar la casa.
Ventilar es necesario también en invierno. Lo que debemos evitar es que nuestro gato permanezca expuesto a una corriente fría intensa durante demasiado tiempo.
Puedes abrir las ventanas mientras descansa en otra habitación y dejar que vuelva cuando hayas terminado.
Además, recuerda que una ventana abierta sigue suponiendo un riesgo de caída, aunque sea diciembre.
Si necesitas ventilar habitualmente, contar con una protección adecuada para las ventanas permite hacerlo sin descuidar su seguridad. En nuestra guía sobre redes para gatos explicamos qué aspectos conviene tener en cuenta.
No se trata de vivir con las ventanas cerradas durante meses, sino de conseguir una casa confortable y segura para todos.
Hasta ahora hemos hablado de gatos que buscan estar más calentitos.
Pero hay situaciones en las que el frío deja de ser una cuestión de comodidad y puede afectar seriamente a su salud.
Especialmente si el gato es muy pequeño, está enfermo o ha permanecido durante mucho tiempo expuesto a temperaturas bajas.
No todos los gatos necesitan los mismos cuidados durante el invierno.
Los gatitos recién nacidos son especialmente vulnerables porque todavía no regulan bien su temperatura corporal y dependen del calor de su madre o de una fuente de calor adecuada.
Los gatos mayores también pueden necesitar más atención, sobre todo si tienen artrosis, poca movilidad o alguna enfermedad.
Y hay otros casos en los que conviene extremar las precauciones:
Gatos enfermos o que se están recuperando de una intervención.
Gatos muy delgados o desnutridos.
Gatos sin pelo o con muy poco pelaje.
Gatos que viven en el exterior o pasan muchas horas fuera de casa.
Si tu gato pertenece a alguno de estos grupos, adapta su zona de descanso y consulta con tu veterinario si tienes dudas sobre la temperatura adecuada para él.
No hace falta obsesionarse. Simplemente, lo que puede ser suficiente para un gato sano quizá no lo sea para otro más vulnerable.
La hipotermia ocurre cuando la temperatura corporal baja de forma peligrosa.
Puede suceder si un gato permanece expuesto a frío intenso, especialmente si está mojado, debilitado o no tiene un refugio adecuado.
No es algo que debamos esperar en un gato sano que vive dentro de una casa confortable.
Aun así, es importante reconocer sus señales.
Busca atención veterinaria urgente si observas:
Temblores intensos o persistentes tras una exposición al frío.
Debilidad marcada o dificultad para caminar.
Somnolencia extrema o falta de respuesta.
Respiración anormal.
Desorientación, colapso o cuerpo muy frío acompañado de decaimiento.
En casos graves, los temblores pueden incluso desaparecer, por lo que su ausencia no descarta una hipotermia.
Si sospechas que tu gato la está sufriendo, llévalo a un lugar templado, sécalo si está mojado y envuélvelo suavemente en mantas secas mientras buscas atención veterinaria inmediata.
No utilices secadores, agua muy caliente ni calefactores directamente sobre su cuerpo. El calentamiento brusco o localizado puede causarle lesiones.
Y recuerda que no todos los problemas que aparecen en invierno están provocados por el frío.
Si tu gato deja de comer, vomita o cambia notablemente su comportamiento, no esperes a que mejore simplemente porque hayas subido la calefacción.
En nuestro artículo «Mi gato no come: causas, señales de alarma y qué hacer» explicamos cuándo una pérdida de apetito requiere atención.
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